Potencial creativo

La conversación había ido saltando de un tema a otro, de cuestiones sesudas a asuntos banales, de recuerdos precisos a evocaciones borrosas. A veces se llegó a rayar la intimidad más insospechada.


Por: Manuel Alcántara Sáez*


E l final del día hacía que los matices adquirieran cierto componente melancólico. El sol hacía rato que se había ocultado. Las mesas vecinas del lugar en el que se encontraban estaban vacías. Afortunadamente la música ambiental era melódica y el volumen no hería los oídos. En su uso, las palabras fluían con una cadencia que hacía que el diálogo tuviera un componente igualitario. Los silencios apenas eran paréntesis para sorber un trago, repensar fugazmente una idea. Los teléfonos no interrumpían el clima establecido quizá porque estaban convenientemente domesticados.

Fue un giro insospechado el que introdujo a través de dos palabras un argumento insólito en la charla que la animó pues había dado visos de languidecer. ¿Qué era la creatividad? ¿Era universal? ¿Existían diferentes niveles? ¿Quién estaba en posesión del don de la creatividad? No eran especialistas en cuestiones artísticas aunque sus gustos hacían de ellos consumidores habituales de ofertas variadas en los ámbitos literario, musical y cinematográfico, principalmente. Si bien no dejaban de lado dos mundos nada opuestos como eran las artes plásticas y todo lo que estaba surgiendo con la revolución digital de la que apenas eran novicios. Era en este último terreno en donde habían terminado recabando su plática. La originalidad como pulsión creadora por excelencia, pero también la necesidad de trascendencia como justificación inequívoca.

Tras un suspiro L musitó sin fuerza unas palabras que cayeron en el vacío porque resultaron inteligibles. Sin embargo a renglón seguido con mayor vigor dijo que la creatividad podía convertirse en esa mística de confianza en la capacidad del género humano para generar ideas propias que llevasen a solucionar los problemas de acuerdo con las propias necesidades. De esta forma daba un giro a la conversación para reconducirla hacia un vericueto en el que el impulso se centraba en la pura acción orientada hacia un propósito determinado. Se quedaba fuera el selectivo y de alguna manera elitista don de la inspiración que muy pocos poseían. La creatividad estaba en todo el mundo capaz de concebir pensamientos para salir de aquel atolladero en que se encontrase maltrecho. Y algo más relevante que trascendía de inmediato, gozaba de un carácter para desarrollarse gracias a la existencia de cierto potencial, de una represa de instrumentos de naturaleza variada dispuesta a manifestarse en el momento oportuno.

Era la segunda palabra, potencial. Sonaba a energía almacenada o, algo más simple, a capacidad. Una palabra que también figuraba en su definición. Pero ¿no era la capacidad un elemento dado que no todo el mundo tenía en igual intensidad?, ¿no era menos cierto que sus componentes podían ser tremendamente disímiles para cada caso? Por consiguiente, se cerraba un círculo en el que el potencial creativo podía ser solo una expresión galante desvinculada de todo carácter con vocación más universal. A fin de cuentas era algo cuyo nivel podría variar desde un umbral mínimo hasta una cantidad elevada. Por otra parte, tanto la propia idea de potencia como el proceso que envuelve todo acto creativo conlleva la idea de tiempo. De hecho, en la física se define aquella como la cantidad de trabajo efectuada por unidad de tiempo y la creación, salvo la adjudicada a la deidad capaz de llevarla a cabo en un instante –“hágase”-, es cuestión de un lapso de duración incierta.

La capacidad generativa es la segunda acepción del diccionario de la lengua española (RAE) para el término potencia, algo que inevitablemente condujo la conversación, en un salto poco antes impensable, al terreno de la inteligencia artificial generativa. Un asunto tan en boga desde hacía justo dos años para crear contenido original en una amplia gama de instancias valiéndose de algoritmos creados al albur del aprendizaje realizado sobre el abundante material que millones antes crearon apoyados por redes neuronales avanzadas.

Así las cosas la discusión se enredó entre visiones catastrofistas y otras luminosas que templaron el ánimo. Existía un consenso en cuanto al alcance del cambio, también con relación a que la creatividad podría desplegarse en infinitos escenarios. Además, la incapacidad de predecir tanto los resultados de una obra de arte como las consecuencias de las acciones, fueran realizadas por seres humanos o por máquinas, era algo que se había asumido hacía mucho tiempo. Las teorías de la singularidad decían mucho al respecto ¿Por qué darle tantas vueltas entonces?

El recinto se había ido llenando y el rumor de otras conversaciones unido a una nueva selección musical más agresiva conformaban un telón de fondo inhóspito. L volvió a tomar la palabra y esta vez su tono fue decidido para recuperar unos recuerdos del pasado que seguían definiendo su vida a pesar de su longeva edad. Era la primera vez que los mostraba allí tal como pesaban en su memoria. A su supuesta incapacidad para las matemáticas se unían las sombrías relaciones que tuvo con su padre, un hombre brillante pero taciturno, la indiferencia permanente de su madre acobardada por la temprana muerte del hermano mayor aquejado por una enfermedad terrible. Luego vino aquel trabajo menestral en el que casi durante tres décadas tuvo que hacer un trayecto diario de cuatro horas de ida y vuelta desde su casa. Después, la temprana incapacidad laboral lo dejó arrinconado como un trasto viejo que solo gozaba de tardes como aquella en las que la soledad se interrumpía.

Tiempos miserables que tuvieron el prólogo de aquella sentencia que el viejo profesor una vez le profirió en la escuela ante sus compañeros de que no tendría problema alguno en la vida porque su potencial creativo era poderoso. Nunca supo qué quiso decirle ni siquiera distinguió bien de qué se trataba cuando aquella tarde, en la tertulia, profirió esas palabras, como en otras ocasiones había hecho con distintas imágenes enquistadas en su pasado que le venían a la cabeza inopinadamente.

*Politólogo español. Director del CIEPS (Centro Internacional de Estudios Políticos y Sociales)

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