Por Raimundo López Medina. *
“Hoy ya es…”, dijo el sabio al final de la tarde, mirando el calendario del año y con una solemnidad inquietante, como si hubiéramos llegado a un punto decisivo de nuestras vidas o algo definitivo estuviera a horas de ocurrir. Pronunció la frase, tan sencilla y común en la vida cotidiana, como una conmovedora verdad y el asombro del científico que acabara de descubrir los secretos inescrutables de la inmortalidad.
Sólo sonreí y le devolví la frase con una pregunta: ¿Y qué tiene de importante la fecha de hoy?
Él me observó con extrañeza, como si no esperara de mí tanta ingenuidad, o quizás ignorancia, por no darme cuenta de lo relevante y decisivo de la fecha de hoy y en el crespúsculo del día.
“Es que pronto será mañana y hace poco fue ayer”, respondió de forma serena y comprensiva.
Lo miré con la misma admiración que siempre me provocaron sus meditaciones sobre la vida, las conclusiones a las que había llegado tras su largo camino por los días, semanas, meses y años, asombrado por la profunda sabiduría de esas frases sencillas y comunes, su significado tremendo y conmovedor.
Hay que tener mucha experiencia y estudios para poder comprender la honda enseñanza, con seguridad vital, de esa frase sencilla en la cual queda como en una lápida el valor del tiempo.
Me observó con la misma ternura que un padre abraza a un hijo. Entonces, me hizo la pregunta cuya respuesta intuí tendría el mensaje de sus palabras.
“¿No has pensado en lo mejor que puedes hacer con lo más valioso que tienes?”, me preguntó mientras se ponía de pie y miraba con firmeza el paisaje de la vida que tenía enfrente.
Lo volví a mirar y con amabilidad me dio la respuesta que creyó no había entendido.
“El tiempo”, solo dijo y puso su mano sabia y antigua sobre mi hombro.
San Salvador, 8 de febrero de 2025.
*Periodista cubano. Vive en El Salvador.