Por: Miguel a. Saavedra.
La paradoja del Estado que se reduce para expandirse (en control).
En El Salvador, el mantra de «reducir el Estado» se ha convertido en el caballo de Troya de un proyecto político que, bajo la retórica de la eficiencia, esconde una maquinaria de control y revancha partidaria. Los datos son contundentes: desde 2019, más de 23,000 despidos en el sector público, con una proyección de 11,000 adicionales para 2025, según cifras oficiales. Una cifra que supera incluso las políticas de ajuste del gobierno de Alfredo Cristiani (ARENA) en los años 90, cuando se desmantelaron programas sociales clave como las escuelas nocturnas o el Viceministerio de Desarrollo Rural. La pregunta es inevitable: ¿se trata de una modernización o de un experimento autoritario?
El Estado no se reduce, se coloniza.
La narrativa oficial insiste en que se busca un Estado «ágil», pero los números desmienten el relato. Según el ISSS, 38,000 nuevas afiliaciones provienen de empleados públicos bajo la actual administración. Es decir, no hay una reducción, sino un reemplazo masivo: salen los viejos (léase: opositores, críticos, mayores de 55 años) y entran los nuevos (jóvenes sin experiencia, pero con lealtad al partido). Una purga generacional y política que recuerda más a los manuales de tiranías del siglo XX que a un plan de gobierno del siglo XXI.
Megalomanía, excesos y desaciertos: Bajo el disfraz de la «eficiencia», se instala una lógica de clientelismo 2.0. Las alcaldías, ministerios y hasta las cortes están pobladas de millennials sin formación, pero con carnet partidario. El resultado es un Estado vaciado de expertos y lleno de operadores políticos, donde la meritocracia es un eslogan abandonado.
La fobia gerontofóbica versus la proactividad perdida: (guerra a los mayores).
La fobia gerontofóbica se manifiesta cuando el Estado no solo despide, sino que estigmatiza. En El Salvador, la obsesión por una «plantilla millennial» ha convertido a los mayores de 55 años en un estorbo, un lastre a desechar. Primero fueron los jueces, luego los maestros, después los técnicos, purgados en una cruzada que ignora su valor. Claro, los relevos generacionales son necesarios: una sociedad viva se renueva, integra sangre nueva, aprovecha la energía de los jóvenes para construir. Pero aquí no hay proactividad, sino exterminio.
En lugar de un traspaso ordenado —donde la experiencia de los mayores guíe a los novatos, tejiendo un futuro con raíces—, Bukele opta por la guillotina: eliminar a quienes saben para instalar a quienes solo obedecen. Suspender pensiones rurales, saquear $12,000 millones del fondo de pensiones (según el Banco Mundial, al borde del colapso en 2027) y violar tratados contra la discriminación etaria no es renovación: es declarar la guerra a un sector entero, reviviendo prácticas tiránicas bajo un filtro de «juventud».
Esta cruzada contra la experiencia no es casual pues eliminar a quienes podrían cuestionar las decisiones desde el conocimiento. Y mientras tanto, el gobierno de Bukele ignora los tratados internacionales contra la discriminación etaria, suspendiendo pensiones rurales y saqueando los ahorros de pensiones desviados, según el Banco Mundial, dejando al sistema al borde del colapso.
Aquí no hay innovación, sino están reviviendo y reciclando prácticas tiránicas de la historia: despojar a los vulnerables para financiar caprichos de poder.
El manual del buen autoritario: FMI, redes sociales y la quema de Roma.
Como su aliado Milei en Argentina, Bukele ha convertido al FMI en su cómplice retórico. Los ajustes se justifican con recetas de austeridad, pero en realidad financian una maquinaria de propaganda y represión. El Ministerio de Trabajo, teórico defensor de los derechos laborales, es un fantasma: no hay datos sobre cuántos despidos arbitrarios se han revertido. ¿Por qué? Porque en El Salvador ya no existen pesos y contrapesos: los jueces, diputados y alcaldes son extensiones del Ejecutivo.
El gobierno navega entre las tendencias de redes sociales y los mandatos del FMI, mientras acelera hacia el abismo. Como Nerón quemando Roma, este proyecto prefiere la autodestrucción antes que ceder control.
Analogía con grandes países del presente
China: el equilibrio autoritario con veneración selectiva
En China, el Partido Comunista maneja los relevos generacionales con mano de hierro, pero no desdeña a los mayores: los venera cuando sirven al sistema. Los líderes longevos —como Deng Xiaoping, activo hasta los 90— fueron claves en su modernización, y hoy los ingenieros y burócratas senior son pilares del control estatal. La juventud se integra masivamente en la economía digital (piensa en los «996» de las tecnológicas), pero bajo la tutela de una élite experimentada que no se desecha. En El Salvador, en cambio, la «plantilla millennial» no se guía, se impone como ariete, descartando a los mayores no por falta de utilidad, sino por ser un riesgo al statu quo. China purga selectivamente (disidentes, no edades), mientras Bukele ejecuta un exterminio generacional ciego, sin proactividad para aprovechar lo viejo en función de lo nuevo.
Estados Unidos: pragmatismo con contradicciones.
En EE. UU., la obsesión por la juventud es cultural —Silicon Valley idolatra a los emprendedores de 20 años—, pero el sistema no estigmatiza a los mayores por decreto. Jueces de la Corte Suprema sirven hasta pasados los 80, y los «boomers» dominan cámaras de representantes del Congreso. Hay relevo, sí: los jóvenes escalan en startups y política (AOC como símbolo), pero la experiencia no se purga, se recicla. El Salvador contraria a esta lógica desecha a jueces, maestros, enfermeras y técnicos mayores de 55 no por ineficiencia, sino por desconfianza política, perdiendo el pragmatismo que EE. UU. —con todas sus fallas— usa para balancear energía joven y sabiduría acumulada. Aquí, la «guerra a los mayores» no construye: destruye sin plan.
Japón: la proactividad como antítesis
Japón, con su crisis demográfica, es el contraejemplo vivo. Enfrenta un envejecimiento brutal (el 29% de su población supera los 65), pero no estigmatiza: integra. Los mayores trabajan hasta los 70 en roles adaptados, y las empresas valoran su experticia para mentorizar a una juventud escasa.
El relevo generacional es una danza cuidadosa, no una cruzada. En El Salvador, donde los mayores de 55 son un «lastre», no hay tal proactividad, purgar a los jueces y maestros no es renovar, es amputar. Japón teje su futuro con hilos viejos y nuevos; Bukele corta los viejos y apuesta todo a un tejido frágil de inexperiencia leal.
Pero hay una advertencia en el aire cuando se vacía el Estado de saberes, se saquean los fondos públicos y se declara desechable a un sector de la población.
Mientras tanto, el gobierno sigue jugando a ser dios desde su torre de cristal. Después de todo, dicen: «¿Qué podría salir mal? Todo lo tenemos finamente calculado». Esa omnipresencia —que vigila, purga y reescribe el país desde un escritorio— es la firma de un régimen que no tolera fisuras ni dudas, convencido de que su control es infalible y eterno. La historia enseña que los imperios construidos sobre el miedo y el despojo suelen terminar igual: en cenizas.
«El futuro se construye con memoria, no con eslóganes. Y en El Salvador, donde quieren eliminar la historia y la memoria está siendo borrada a fuerza de decretos».
¿Hacia dónde (no) vamos?
El experimento salvadoreño es un espejo de la ola de mesianismos autoritarios que arrasa América Latina. Bukele, Milei y otros líderes Trump tropicalizados han normalizado un estilo de gobierno donde el fin (su permanencia en el poder) justifica cualquier medio: despidos masivos, persecución etaria, colapso de instituciones y de sus misiones.
Lo que podría ser una transición proactiva y constructiva (relevos generacionales bien gestionados) y la realidad es una «fobia gerontofóbica»(a los mayores) que destruye en vez de integrar. Esto refuerza la crítica al desperdicio de experiencia y la imposición de un modelo miope
La fobia gerontofóbica de El Salvador choca con la necesidad universal de relevos generacionales. China los controla con veneración estratégica, EE. UU. los releva con pragmatismo, Japón los abraza por supervivencia. En todos, los mayores tienen un rol —guías, reciclados o pilares—. Aquí, el exterminio reemplaza la proactividad: no hay construcción, solo demolición. Desechar a los de 55 no es avanzar; es cavar un vacío que ningún «millennial» sin formación, experiencia ni vocación puede llenar.
Este es el país que han construido (el de ellos) en apenas seis años: un experimento mesiánico que emula el manual trumpista, dispuesto a quemar Roma en nombre de la grandeza. La revancha silenciosa de Bukele no solo corta cabezas, sino raíces enteras, dejando tras de sí un pueblo desarraigado y un Estado al borde del abismo. Que no se extrañen cuando la rabia, agitada por tanta desigualdad, responda.
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