ALGORITMOS AUTORITARIOS: Cuando los Dictadores del Siglo XXI le Preguntan a la IA en vez de al Pueblo.
Por: Miguel A. Saavedra.
«De los espíritus de Martínez a los bots de Bukele: La eterna adicción del poder a las respuestas que quiere oír»
Espejito algorítmico, dime hoy: ¿Quién es el presidente más ‘cool’ del mundo?»
En un macabro paralelismo con los algoritmos actuales, el dictador salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez (1931-1944) tomaba decisiones de Estado basadas en sesiones de espiritismo y supuestos mensajes de brujos y adivinos guiados por «entidades superiores». Según documentos históricos, Martínez —conocido por la Matanza de 1932— creía fervientemente en lo oculto:
«Llegó a desestimar informes militares por ‘revelaciones’ obtenidas en sesiones nocturnas, donde su médium personal canalizaba ‘consejos’ del más allá» (Fuente: «El Salvador: Historia de sus pueblos, villas y ciudades» de Jorge Lardé y Larín, 1957).
Mientras hoy los líderes consultan IAs para maquillar la realidad, Martínez preguntaba a los espíritus… y ambos terminaron validando atrocidades con «datos» de origen fantasmal. La herramienta cambia, la megalomanía sigue igual.
Como dato curioso tenemos que Martínez decretó leyes basadas en sus visiones, como el «uso de hilos rojos contra enfermedades». ¿Les suena a algún gobernante actual recetando «consejos digitales» sin evidencia?
Los gobernantes ya no solo consultan a asesores humanos. Ahora tienen IA generativa 24/7 para alimentar su ego y elevar su dopamina dictatorial adictiva y maquillar su realidad.
En el siglo XXI, los gobernantes ya no se conforman con asesores humanos, espías ni encuestas. Desde los pasillos del poder en Washington hasta los bunkers presidenciales en San Salvador, una nueva generación de líderes —izquierdistas, derechistas y oportunistas— ha desarrollado una peligrosa adicción, la de consultar obsesivamente a sus asistentes de IA generativa como si fueran oráculos digitales, buscando la dosis perfecta de validación, estrategias de manipulación y narrativas auto justificativas.
Bienvenidos a la era de los políticos ‘on demand’, donde la inteligencia artificial no solo optimiza discursos, sino que alimenta el círculo vicioso del narcisismo autoritario. ¿El resultado? Gobiernos que parecen más algoritmos que instituciones humanas, tomando decisiones basadas en engagement en lugar del bien común. Esta es la crónica de cómo la tecnología está redefiniendo el autoritarismo en América… y por qué debería aterrarnos.
Ya no necesitan consultar a sus asesores humanos ni esperar informes de inteligencia. En palacios presidenciales desde Caracas hasta Managua, de Washington a San Salvador parece que en esto tiempos de la inteligencia artificial los líderes autoritarios tienen un nuevo dealer de dosis egoístas: algoritmos generativos que les susurran 24/7 lo que su adicción al poder necesita escuchar.
Bienvenidos al auge de las dictaduras dopaminérgicas, donde la realidad se maquilla con prompts, los informes de gestión los escribe ChatGPT, y la aprobación pública se compra con likes orquestados por bots. ¿Cómo llegamos aquí? Abro hilo sobre el último juguete peligroso de los autócratas: la IA como espejo, cómplice y droga dura del narcisismo político.
Gobernantes dopados por el algoritmo.
Imagínense esto: mientras hospitales públicos les falta camas, equipos, personal suficiente y sobre todo medicinas, para el cáncer, diabetes, hipertensión, cardiovascular y muchos otros más y las escuelas cierran por falta de presupuesto y que hay que ahorrar en el Estado, hay líderes que destinan millones de los fondos públicos a pagar trolls, managers y campañas 24/7 para que el algoritmo los mantenga en la cima. No importa si la obra que inauguran con una «primera piedra» costará tres veces más de lo presupuestado o si tarda una década en terminarse (ver el caso del hospital Rosales).
Lo que cuenta es la foto, el post, el hashtag. «Mira cómo cené anoche», «mira cómo corté esta cinta», «Mi nuevo helicóptero» «o la lujosa casa presidencial MiraCoatepeq» «mira cómo mi rating sube». Y la IA, como un oráculo moderno, les dice: «Estás en el top, jefe».
El Espejo Digital de los Narcisos.
El palacio presidencial huele a servidor sobrecalentado. Son más de las 2:00 AM, pero el mandatario no duerme. Tampoco sus cincuenta *community managers*, los nuevos cortesanos de la era algorítmica. En la pantalla, un dashboard parpadeante le muestra sus estadísticas vitales:
«Trending Topic #1 en Twitter: #ElLíderEsCool (1.2M menciones)» «Aprobación ciudadana: 68% (↑2% desde ayer)», «Noticias negativas neutralizadas: 127 (gracias al trabajo de los trolls center)».
Afuera, los hospitales racionan medicinas y una escuela rural acaba de cerrar esta semana. Pero eso no importa. Lo único real son los números que bailan en la pantalla, alimentados por una IA entrenada con los discursos del *Gran Manual del Populista Digital* (edición ChatGPT-4).
El nuevo Juego del trono es un juego de likes.
«Espejito, espejito algorítmico…», murmura el líder mientras desliza el dedo sobre su tablet. Ya no pregunta quién es la más bella. En estos tiempos de la IA,la consulta es más sofisticada:
¿Qué emoji debo usar en el tuit sobre el logro del préstamo con el BID? ¿Debo posar con niños pobres o con soldados hoy?, «Genera tres eslóganes que suenen enganchadores, pero no comprometan a mis funcionarios».
La IA responde antes de que termine de parpadear. Tiene la voz cálida de su madre y la precisión de un misil israelí. Es su *Sherezade* particular, contándole historias donde él siempre es el héroe.
Mientras, en el sótano del palacio, cien *trolls pagados por el Estado teclean furiosamente».Su misión: enterrar bajo memes y *hashtags* patrióticos y ataques hirientes o amenazas del régimen de excepción a cualquier comentario sobre los hospitales sin insumos y las citas tardadas o la falta de médicos especialistas. Tienen instrucciones precisas.
1. Saturación emocional: 80% de contenido que genere orgullo/enojo y ataque.
2. Bienestar colectivo**: «La crisis es fake news , no existe». La gente no es que aguante hambre, solo junta los tiempos del día para comer tranquilo» «No es que haya retraso en las citas de especialidades, sino que a los 6 a 8 meses a lo mejor llega menos gente, solo los más fuertes», ahora » La gente no protesta, con tener seguridad está conforme, ya no necesita nada».
3. Economía de la atención un manejo que permita, robar segundos mentales hasta que el pueblo olvide preguntar o exigir por lo importante.
La Democracia como prueba de laboratorio.
Según investigaciones de El Faro y Reuters (2021-2023), el gobierno de Bukele destinó hasta aproximadamente $1.8 millones anuales a financiar ejércitos de trolls y cuentas falsas para manipular redes sociales. El gasto real podría ser mayor, al incluir herramientas de automatización no declaradas de testimonios de exempleados y documentos internos. Bukele no niega el uso de redes para propaganda (de hecho, lo celebra como «comunicación directa»).
Pero sí oculta el presupuesto real. Los 1.4 M −1.8M estimados provienen de partidas opacas (ej: «gastos de comunicación» o «consultorías «pagadas en el país y en el extranjero).
En la sala de guerra digital, probaban dos versiones del último discurso:
– Mientras ensaya la versión A: «Los enemigos de la patria nos quieren ver fracasar» (tono victimista). o revisa la versión
B: «Nuestros logros son históricos» (tono épico y pausado).
Los algoritmos dieron su veredicto: la versión B generaba un 12% más de retuits, pero la A conseguía más donaciones al partido. Decidieron mezclarlas. La verdad era irrelevante; solo importaba el *engagement rate*.
Esa noche, mientras el 40% del país cenaba solo frijoles sin proteína, y muchos otros se fueron a dormir sin cenar ,el vídeo presidencial donde se gasta miles de dolares en una cena lujosa con los oligarcas de la región ,superaba el millón de reproducciones. Los *analistas de datos* (los nuevos brujos de la corte) sonreían: habían descubierto que los filtros en los videos aumentaban la aprobación en sectores jóvenes.
El Rey está Desnudo (Pero Tiene un Deepfake).
En Silicon Valley, unos ingenieros ajustaban el nuevo modelo de *gobernanza predictiva*. Pronto, ni siquiera haría falta que el presidente hablara: su avatar de IA generaría promesas personalizadas para cada ciudadano.
El pueblo sigue compartiendo los *stories* oficiales, esos donde el líder aparece ayudando a ancianos y dando la mano a gente que lo aclama (que luego confesaban ser actores). Las encuestas decían que creían en él. ¿O solo en el personaje que los algoritmos les mostraban?
Y mientras el sol iluminaba los barrios marginados, el dashboard seguía brillando en la oscuridad del despacho:
Aprobación: 97% (nuevo récord)» La IA susurró: «Hoy eres el más cool de todos, excelencia».
Y el líder sonrió. ¿Te suena familiar? Este cuento ya lo están copiando en varios países. La pregunta es: si ¿podremos resetear el sistema antes de que se convierta en el único relato posible?
Conclusión incómoda:
La política ya no se gana con IDEAS, sino con algoritmos que explotan sesgos. Presupuestos infinitos para mantener intacta la percepción ciudadana y ahora con el uso de la IA que convierte a los líderes en *influencers inmunes a la realidad*.
Este narcisismo digital no es solo un capricho de egos sobrealimentados; es el combustible que los mantiene en el poder. Poco importa el legado real –carreteras sin terminar, millones de dólares de préstamos que nadie sabe para donde van…hospitales llenos de enfermos, pero vacíos de recursos, niños sin escuela, el campo sin cultivos ni cosechas –pero la narrativa virtual dice que son dioses terrenales y la plaza sigue llena de gene mirando el show de cada fin de semana.
Y nosotros, distraídos, les cedemos el timón mientras miramos el celular. Así que, queridos desorientados, la próxima vez que vean a un gobernante preguntándole a la IA «¿quién es el más cool?», recuerden: no es un cuento de hadas.
Es una crónica crítica de nuestro tiempo, donde el espejito de la realidad ya no miente, pero los algoritmos sí. Y lo peor: lo pagamos nosotros.
¿Qué opinan? ¿Hasta dónde llegará este show? Los leo en los comentarios, si el algoritmo nos deja.
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